1. ¡BIENVENIDO, CAMILLO!
Un día, en la cálida isla de Madagascar, a la sombra del ecuador, entre palmas y flores de colores, nació un pequeño camaleón. Pero ¡qué extraño! No era verde como todos los otros camaleones. Era un poco descolorido… No lloraba, parecía muy alegre y sonreía siempre. La mamá y el papá estaban muy felices y decidieron llamarlo Camillo, el camaleón blanco.
2. MAMÁ, ¡PERDÍ LOS COLORES!
Camillo creció y quiso conquistar la amistad de dos camaleones más grandes: el gran gordo Leo, con voz y movimientos de rapero y el seco, largo y antipático Tanino. Los tres jugaban en las ramas de un árbol y Tanino imitaba a Camillo: “Camillinooo, juguemos al escondite!” Camillo siguió a los dos amigos muy contento, observando a Leo, que se ponía marrón como la rama y lo incitaba cantando: “¡Ca-ca-camillo, cambia de color, vamos, o te dejo la cara roja y te arrojo a la zanja!” Camillo saltaba de un árbol al otro, pero permanecía verde pálido: “No puedo. ¿Cómo se hace para cambiar de color?” Leo sonrió buscando la complicidad de Tanino y dijo: “Ca-ca-camillo, tienes que contener la respiración, no te hagas el lirón, si duermes te descoloras!” Camillo puso los ojos en blanco y se puso morado, mientras Tanino reía a carcajadas…
3. ¡AY, AY, AY, LA PANZA!
Camillo perdió el equilibrio y cayó del árbol, en un matorral con unos extraños frutos rojos redondos. Leo y Tanino se reían en vez de ayudarlo, y Camillo los miró triste: “¡Ay! Pero ¿qué hay que hacer para cambiar de color?” Leo bajó del árbol y le dijo serio: “Pobre Camillo, volando no te coloreas, pero ¡quizás debas comerte unas bayas! ¡Prueba!” Camillo se lanzó con confianza al centro del matorral y se dio un atracón de bayas, embadurnándose de rojo, y dijo: “Chicos, ¡mirad! ¡Empieza a hacer efecto!” Leo y Tanino lloraban de risa. Camillo, dolorido, con la barriga llena y la mirada desorbitada, se sentía mal de la cantidad de bayas que había comido.“¡Ay, ay, me duele la barriga!” Los dos amigos, no precisamente amigos, alzaron al pequeño Camillo y lo abandonaron en su sufrimiento delante de la puerta de su casa. Leo lo amenazó: “Camillo, dilo, dilo a tu mamá, dilo, dilo y no te colorearás, dilo, dilo y blanco quedarás, Camillo.” Camillo se arrastró a la puerta y prometió: “Juro que no diré nada, con la condición de que volvamos a jugar mañana…”; Tanino y Leo se miraron con complicidad y sonriendo: “¡Por supuesto, amigo!” Mientras se iba, Leo se puso serio: “Por supuesto, pero con una condición: se juega a “toca color”, exacto, toca-toca y cambia de color. Pero si te quedas blanco, ¡yo me canso y tú te quedas fuera del bando! ¡Adiós!”
4. ¡LISTO PARA EL COLOR!
Triste y con la panza que le hacía brum brum, Camillo fue acogido por su mamá, que le hizo beber una tisana caliente y lo acostó, mientras él protestaba: “¡Uf! Pero mamita, ¿por qué yo no cambio de color como mis amigos?” La mamá lo cubrió con la manta y lo tranquilizó: “Camillino mío, a veces uno es diferente de todos los demás pero al mismo tiempo igual… Hay que aceptar las diferencias.” Camillo la miró perplejo: “Pero, ¿por qué?” La mamá le dio un beso y respondió: “Tienes que ser tú mismo, Camillo, sin imitar a los demás. Sé tú mismo y siempre encontrarás muchos amigos que te querrán y te aceptarán por lo que eres... Buenas noches, tesoro mío.” Camillo la miró un poco conmovido: “Buenas noches, mamá.” Sin embargo, en la mitad de la noche, Camillo se levantó de la cama y fue a escondidas a la cocina. Tuvo una idea estrafalaria, o quizás genial: cogió unas latas de salsa de tomate roja, puré de verduras verde, pulpa de insectos azul, zumo de fruta amarillo, y muy contento las ató con una cuerda, fabricando así un cinturón especial. Y cantaba: “Es como magia: rojo, verde, azul, amarillo… ¡Es la fórmula del supercolor!” Dicho esto, el pequeño Camillo terminó de crear su cinturón de bombas de tinta y parecía un auténtico guerrero listo para colorear.
5. ¡AUXILIO! ¡LLEGA EL REY!
El día de la batalla de Camaleón toca Color. Camillo y sus dos amigos fanfarrones se alineaban a las ramas de su árbol preferido. El gran gordo Leo incitó a los otros dos: “Color, poder al color, Camillo todo blanco, yo formo el arcoíris, soy el rey, tú el dos de picas, antes de que te vayas, mastica unas bayas, Camaleón, toca el coloooor… ¡Azul!” Tanino se zambulló en las flores azules, Camillo lo siguió y se volcó encima la lata de insectos azules, que le dieron la ilusión de haber cambiado de color de veras. Leo lo observó con una mirada cruel y dio el segundo comando: “Camaleón, toca el coloooor… ¡Verde!” Camillo se zambulló en el matorral y se cubrió de sopa de verduras verdes, pero la mezcla hizo que pareciera un cocodrilo bicolor, mientras que sus dos amigos se mimetizaron perfectamente con las hojas. “Camillo, ¡eres un bluff!”, gritó Tanino, y precisamente mientras pronunciaba la última palabra, Leo le tapó la boca y le indicó, con los ojos llenos de terror, un fiero león que se acercaba: “¡Cállate! ¡Que no nos vea! ¡Que se arregle! Se conformará con un bocado de un estúpido camaleón casi blanco.”
6. UN LEÓN POR AMIGO
Camillo se quedó quieto. Temblaba con los ojos desorbitados. El león apuntaba a él y se acercaba a pasos lentos pero amenazadores: “¡Auxilio, amigos, auxilio!” Éstos, que no eran precisamente amigos, ni se movían. Perfectamente camuflados entre los matorrales, dejaban entrever sólo sus ojos. El león se acercaba cada vez más: “¡Roarrrrrr! Estás en mi territorio. ¿Cómo te atreves? Esto significa que tengo merienda…” El miedo de Camillo se convirtió en enfado y, como por arte de magia, sin tembla, se transformó en un guerrero y se lanzó al encuentro del león: “¡Muy bien! Combate conmigo, rey de la selva de vacaciones en Madagascar. ¡No te tengo miedo! Si me comes, te comerás a un héroe.” Leo y Tanino temblaban azorados entre las hojas observando la escena: “Pero ¿qué hace? ¡Es increíble!” ¡Ese camaleón casi blanco tiene el coraje de un león!”, dijo Tanino. “¡Cállate! O el león, además de la merienda, ¡se hará el aperitivo!” En medio del prado Camillo avanzaba y retrocedía, como un karateka: “¡Vamos, león, adelante!” El león se mantuvo impasible y se puso a reír fragorosamente: “¡Pequeño animalito! Eres comiquísimo. Nunca he visto un monstruito con tanto coraje. Pero eres simpático...” Camillo quedó azorado, sin saber qué decir: “En fin... Pues... ¿No me comes?” El león lo levantó del suelo, se lo llevó a la cabeza y le sonrió: “No tengo hambre. Ahora tú eres mi pequeño amigo camaleón, mi mejor amigo. El coraje es una dote poco habitual en estos tiempos, ¿sabes, amigo mío?” A lo que Camillo dijo: “Pero yo ni siquiera soy un verdadero camaleón, no soy capaz de cambiar de color…” El león le respondió: “¿Qué importa? ¡Tienes un corazón de león!”, y se puso a trotar hacia la selva, pero luego se detuvo un instante y se volvió hacia los matorrales donde estaban escondidos Leo y Tanino: “Y vosotros... Os he visto, estáis ahí... Roarrrrrrr.” Los dos amigos salieron volando. Leo cantaba rapeando: “El rey de la selva vio lo justo, color o no color, lo mismo de la vida es el gusto, Camillo corazón de león, ésta es la lección...” Tanino: “¡Cállate!”
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